Las rocas plegadas y volcadas que se ven en el corte perpendicular del valle del río Volcán, a la altura del poblado El Volcán en el Cajón del Maipo, son el registro visible de millones de años de compresión tectónica. Capas que se depositaron horizontalmente en el fondo de un mar interior hace 145 millones de años están hoy inclinadas casi en vertical, algunas completamente volcadas, producto de la misma fuerza que levantó los Andes y que sigue activa. La tectónica andina no es un proceso terminado: cada terremoto de subducción y cada falla que se reactiva en la cordillera son su expresión presente.
La causa de fondo es la convergencia entre la placa oceánica de Nazca y la placa continental Sudamericana. La placa de Nazca, más densa, se hunde bajo el continente a lo largo de la fosa de Atacama a una velocidad de aproximadamente 7 cm por año. Esa subducción genera compresión horizontal sobre la corteza continental: las rocas no tienen espacio para expandirse y se deforman, se pliegan y se levantan. El resultado acumulado de ese proceso durante decenas de millones de años es la Cordillera de los Andes.
De la extensión a la compresión: la inversión tectónica
La historia tectónica del Cajón del Maipo no fue siempre compresiva. Durante el Jurásico y parte del Cretácico, el territorio estaba en un régimen extensional: las fallas no comprimían sino que estiraban la corteza, generando cuencas de subsidencia donde se acumulaban sedimentos marinos y volcánicos. Esas cuencas son las que preservaron los fósiles marinos de las formaciones Río Colina, Río Damas, Lo Valdés y Colimapu.
A mediados del Cretácico el ángulo de subducción de la placa oceánica disminuyó, lo que provocó un episodio de fuerte compresión conocido como fase orogénica Peruana. Las cuencas extensionales se invirtieron: las mismas fallas que antes permitían el hundimiento ahora empujaban los bloques hacia arriba. Lo que era mar interior emergió y quedó expuesto a la erosión. Desde ese episodio, el régimen ha sido predominantemente compresivo.
El ciclo se repitió durante el Cenozoico. La Formación Abanico (40 Ma) se depositó en una nueva cuenca de subsidencia entre el Eoceno y el Oligoceno. Desde el Mioceno (16 Ma) esa cuenca también se invirtió: sus bordes se comprimieron, las rocas se plegaron y el arco volcánico migró hacia el este, construyendo la Cordillera Principal en su configuración actual.
Las rocas del Cajón del Maipo registran dos grandes ciclos de inversión tectónica: uno en el Cretácico medio que cerró el mar interior andino, y otro en el Mioceno que plegó la cuenca de Abanico y construyó la Cordillera Principal.
Fallas activas y sismicidad en la Región Metropolitana
La tectónica andina no solo construye montañas: también genera terremotos. En la Región Metropolitana conviven dos tipos de sismicidad. Los grandes terremotos de subducción, como el de 1985 (M 7.8) o el de 2010 (M 8.8), ocurren en el plano de contacto entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana, a profundidades de 30 a 60 km. Son los más frecuentes y los de mayor magnitud.
Pero hay un segundo tipo, menos conocido y con consecuencias locales potencialmente más graves: la sismicidad intraplaca, generada por fallas dentro de la corteza continental. La Falla San Ramón, que bordea el piedemonte andino al oriente de Santiago, es una de esas estructuras. Estudios recientes le asignan capacidad para generar sismos de hasta M 7.5 con hipocentros muy someros, lo que se traduce en intensidades superficiales altas en un radio reducido. Dentro del Cajón del Maipo, la Falla El Diablo genera sismicidad superficial a 15-20 km de profundidad con períodos de retorno de 9 años para magnitudes en torno a 6.3. Los pliegues y corrimientos visibles en los cortes del valle del río Volcán son las huellas en roca de ese mismo sistema de deformación.